Por Alvaro Vanegas*
Como escritor ―como artista― y con el pasar de los años, me he ido acostumbrando al no: no te publicaremos, no haremos esa película, no trabajaré contigo, no tengo para pagarte. Y, por supuesto: no me gustó tu historia. Mi primer libro, Mal paga el diablo, fue publicado en 2012. Recibió críticas de todo tipo y, que yo sepa, casi todas entre aceptables y buenas. En el año 2018, más o menos, cuando ya tenía en mi hoja de vida varios libros publicados y un par de obras de teatro, llegó a mí, por azar, una crítica hecha a esa primera novela, publicada en un periódico de la biblioteca Luis Ángel Arango. En menos de quinientas palabras, el autor del texto destruyó sin piedad la historia de Laura Rincón y su particular conexión con Satanás. Lo peor es que, aunque había emoción desbocada y un evidente deseo de dañarme a mí y a mi ópera prima, también se encontraban, desperdigados entre tanto odio, algunos buenos argumentos. Al final, la calidad de cualquier obra artística es algo subjetivo, es inevitable que aquella opinión que tienes sobre una película o una canción, esté permeada por tus prejuicios, tu forma de ver la vida, lo que te enseñaron e, incluso, por el momento que estés atravesando en tu propio camino. No obstante, al leer aquella reseña tan venenosa, no pude evitar sentir una ligera inquietud en el pecho que, por suerte, no pasó a mayores, pues después de una carcajada nerviosa y una breve reflexión, olvidé. Sin embargo, también imaginé lo que el Alvaro de 2012 hubiera pensando y/o sentido de haber leído aquellas palabras recién se publicó el libro. Con los años ―y porque no tenemos otra opción― los artistas desarrollamos una especie de cayo que nos protege de las malas críticas, tanto de esas que están hechas desde la emoción, como de las más fundamentadas, las que, con argumentos claros y contundentes, te cuentan por qué eso que lanzaste al mundo, no es tan bueno cómo imaginas. Y es que, lo sabemos, gustar a todos es imposible ―Michael Jackson solo hay uno―, pero «saberlo con la cabeza», porque al final es una verdad como un puño, y «saberlo con el corazón», son instancias distintas; en más ocasiones de las que estamos dispuestos a admitirlo, lo que tenemos claro porque es un hecho, no deja de doler hasta los huesos cuando llega el momento de enfrentarlo. Así las cosas, el Alvaro de 2012, tan distinto al de 2018, casi diametralmente opuesto al que soy hoy, no habría tenido las herramientas para encajar una crítica de ese calibre. Es posible que, de haberla leído eso en ese momento, no hubiera existido un segundo libro, y una carrera se habría ido al caño sin más ni más.
Esta corta anécdota, solo pretende hacer dos llamados. El primero es a ser responsables con lo que decimos. Tenemos derecho a expresarnos, pero no a dañar. Un libro no te tiene que gustar, por supuesto que no, pero cuando salgas al mundo a decirlo, hazlo con tacto, con empatía. No tienes idea de quién es en realidad el ser humano que hay detrás de esa historia, de todo el trabajo realizado, de la cantidad de gente y de decisiones que fueron necesarias para que ese libro llegara a tus manos. La franqueza sin empatía es crueldad, así de simple. El segundo llamado es a ti, escritor, escritora, artista en general. Las malas críticas son omnipresentes, pero no importa con cuánta saña sean expresadas: TÚ ERES MÁS GRANDE QUE ESO y es preciso que continúes, con toda la obstinación que sé que te caracteriza. Cada vez serás mejor, y el simple hecho de HACER, te ubica por encima de aquellos que dicen que harán, pero nunca salen con nada y se dedican a criticar a los que sí hacemos. En otras palabras, colega escritor, colega escritora, palante porque no hay otro camino.
*Director Editorial de La Cofradía Editores.

