Por Juan Hernández*
Muchos niños crecen queriendo ser futbolistas, astronautas, policías o estrellas de rock, entre otras cosas. Sueñan con ejercer esas profesiones que los dibujos animados y la televisión han enaltecido, como si fueran algo que está al alcance de todos los pequeños. Y eso es un error, ya que esos niños crecen, y suele pasar que en su etapa adulta esos sueños son destrozados por la cruda realidad laboral que los arroja a trabajos de oficina entre cubículos de 2×2, horarios de ocho a seis y filas interminables en el transporte público. ¡Una tragedia!
Sin embargo, en mi caso fue diferente. No porque no haya terminado así, pues yo también sucumbí a los grilletes de seda disfrazados de corbatas, zapatos lustrados y almuerzos recalentados. Digo que fue diferente porque yo nunca soñé con algo más allá de eso. No quería ser futbolista porque soy muy perezoso para la disciplina que el deporte requiere y porque, además, nací con dos pies izquierdos. Tampoco me llamaba la atención ser astronauta, ya que me parecía que la luna estaba demasiado lejos de la comodidad de mi cama. ¿Policía? Ni se diga, la animadversión en contra de la autoridad nació en mí desde muy pequeño. Estrella de rock sí fue una posibilidad hasta que me enteré de que debía aprender a tocar un instrumento. La verdad es que desde el mismo momento en que tuve consciencia supe que quería ser abogado. Mi admiración exacerbada hacia mi progenitor y el deseo de llegar a ser algún día como él me evitaron la ansiedad de tener que pasar por el suplicio de escoger una carrera que determinaría el resto de mi existencia. No es que él me haya obligado a ingresar a la facultad de derecho como les pasó a varios de mis contemporáneos. De hecho, creo que le habría dado igual si me volvía abogado o actor porno. Y, viéndolo en retrospectiva, me parece que si hubiera tomado el camino del actor porno me habría evitado varios malestares, aunque sospecho que tampoco habría servido para eso.
Me gradué por allá en el 2017, luego de alargar mi tesis hasta los dos años de gabela que me permitía la universidad para no perder mi calidad de estudiante. A los 15 días de haber recibido el cartón entré a trabajar a una entidad del Estado gracias a un favorcito que le debían a una tía. Fue una experiencia cuanto menos deprimente. Yo vivía en el norte de la ciudad y la oficina quedaba en todo el centro de Bogotá, así que gastaba dos horas en ir hasta allá y dos horas en volver a mi hogar entre trancones y aburrimiento. A la entrada del edificio había un sensor que contabilizaba la hora de llegada, de salida y los minutos que uno permanecía afuera durante la jornada laboral. Como yo fumaba mucho por esa época, vivía en constante estrés cada vez que salía a echarme un chicote, ya que temía que la sumatoria de todas esas salidas me hiciera merecedor de un memorando. Memorando que nunca me llegó a mí, pero sí a varios de mis compañeros que incluso tuvieron que someterse a procesos disciplinarios. Las páginas como YouTube y redes sociales estaban bloqueadas en los computadores de la oficina, así que mi única distracción en los tiempos muertos –que no eran pocos– eran el Buscaminas y Solitario. De los dos años que trabajé allí, año y medio estuvo dañado el ascensor… mi oficina quedaba en décimo piso. Un día me cansé y renuncié el primero de enero de 2019 para dizque perseguir el sueño de ser escritor. Por esa época era más bien incrédulo, joven, estúpido y soñador. Hoy en día solo he perdido uno de esos adjetivos.
Cuando caí en la cuenta de que eso de ser escritor era más bien difícil, tuve que pegar un nuevo timonazo. Lo único que tenía claro era que no quería volver a ser parte de ese sistema gris, soso y aburrido. Después de revisar un abanico limitado de opciones, decidí que lo más sensato era ejercer mi profesión siendo mi propio jefe, así que me puse a litigar durante poco más de un año. Otro grave error. Hasta ese momento no había caído en la cuenta de que un abogado litigante debía ser carismático y tener el don de la palabra. Por desgracia, ambas cualidades me fueron negadas por Dios. Era hora de tomar un nuevo rumbo.
El COVID llegó, nos encerraron y estaba sin trabajo. Pude mantenerme a flote por un tiempo, pero llegó un momento en que los ahorros se desvanecieron. Por suerte, otra vez apareció mi tía, quien para ese punto ya se había convertido en una especie de hada madrina, y con su magia me consiguió otro puesto. Como estábamos en medio de una pandemia, el trabajo era remoto. El no tener que desperdiciar cuatro horas de mi vida al día en el tráfico ya era ganancia. Las cosas iban bien, a pesar de que no dejaba de ser un trabajo de oficina. Podía levantarme faltando cinco minutos de empezar mi jornada laboral, si salía a fumar o a la tienda no había ningún problema, y si tenía tiempos muertos contaba con la opción de prender el televisor o ver algún video en el computador. No era mi trabajo soñado, pero por primera vez en mi etapa laboral me sentía en una zona de confort. Por desgracia, todo lo bueno siempre se acaba. Una tarde, sin previo aviso, llegó un correo en el que nos informaban a todos los trabajadores que desde el siguiente día debíamos presentarnos de manera presencial a cumplir con nuestra jornada laboral. Quise mentirme diciéndome que tal vez no estaría tan mal, que el trabajo era interesante, que ya había madurado y que esas cosas ya no me afectarían de la misma manera. Nada más alejado de la realidad. La entidad era diferente, pero las dinámicas las mismas. Solo pude aguantar tres meses más.
Para ese punto era evidente que mi decisión inmadura y sin bases sólidas de ser abogado había sido un error que comenzaba a pesar. El intento desesperado por ser escritor tampoco había dado sus frutos, pues con lo poco que ganaba en regalías no me alcanzaba para cubrir ni un mes de gastos. Así que pateé de nuevo el tablero. Si no quería ser abogado y no podía ser escritor, entonces debía darme nuevos aires. Compré un tiquete, hice mis maletas y una semana después estaba volando a cumplir el sueño americano. El destino: Orlando, Florida. Un gran amigo me recibió en tierras gringas. Me dio techo, comida y la mano que necesitaba. Tras algunas semanas en busca de empleo, conseguí uno como guardia de seguridad en un hotel de cadena estadounidense. El trabajo era perfecto para mí: horario nocturno; solo una compañera de trabajo, sin jefes encima vigilando; y pago en dólares y libre de impuestos, ya que –como es obvio– trabajaba en negro al no contar con permiso laboral. Y, aunque en mi primer turno se robaron un carro del parqueadero y estuve varias veces a punto de terminar atrapado en mitad de un tiroteo entre pandillas, puedo decir que fui feliz. Por primera vez me había sentido pleno en un trabajo que para la mayoría sería un empleo de mierda. Sin embargo, no me iba a quedar ahí. Primero, porque no podía: mi visa solo me permitía estar seis meses en suelo del Tío Sam, y la verdad es que no me motivaba mucho la idea de quedarme de manera ilegal o arriesgarme a ser deportado. Y segundo, por un ego profesional frágil. Para ese momento no solo contaba con mi carrera de abogado, sino que también tenía una Maestría y dos especializaciones en derecho encima. No les voy a mentir, terminar siendo guardia de seguridad para los gringos con esos títulos era algo que me carcomía la cabeza y el orgullo. Faltando dos días para que se venciera mi estadía en Estados Unidos, cogí de nuevo mis chiros y volví a mi querida Bogotá.
Gracias a los dólares ahorrados tenía un buen colchón para pensar qué quería ser, pues hasta ese momento no había sido nada en mi vida. O había sido muchas cosas sin ser ninguna. Luego de pensarlo mucho, decidí iniciar mi etapa como emprendedor. Tomé todos mis dólares –que no eran pocos– y los invertí para crear una librería/café. Tarde me di cuenta de que tampoco contaba con el don del emprendimiento. La dichosa librería ni siquiera alcanzó a abrir y perdí todos mis ahorros. Me quedé sin plata, sin sueños y con muchas frustraciones. Llevaba años buscando algo que me gustara y que pudiera pagar las cuentas mientras jugaba a ser escritor, pero al parecer ese camino no existía para mí… O eso creía. Bien dice mi padre que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
Por azares del caprichoso destino conseguí entrar a dictar algunas horas de cátedra de derecho en una universidad. Desde el primer momento supe que eso era lo que quería hacer para el resto de mi vida, había encontrado eso que tanto llevaba buscando: mi vocación. Por desgracia, ocho horas a la semana estaba lejos de alcanzarme para el arriendo, el mercado, los servicios, el internet y el ocio. Pero contra todo pronóstico, el siguiente semestre ya no dicté unas pocas horas sino algunas. Luego muchas. Hasta que, sin darme cuenta, estaba dictando clases en dos universidades con un sueldo decente. Está claro que si uno quiere volverse millonario, el camino no es la docencia, pero eso es lo bueno: el dinero jamás ha sido mi motor. Con lo que ganaba era suficiente para pagar las deudas del escritor. ¿Era posible que mi suerte estuviera cambiando? Al parecer sí, la fortuna comenzaba a sonreírme. Hace unos meses tres amigos y escritores me invitaron a hacer parte de un proyecto. El proyecto por el cual ustedes están leyendo estas palabras dignas de un blog de blanquitos en problemas. Ángela, Iván y Alvaro me propusieron unirme a esta idea loca llamada La Cofradía Editores. Aunque no soy lo que se dice un emprendedor estrella, estoy dando todo de mí para que esto funcione. No sé si esto se convertirá en mi primer gran éxito o se sumará a esa lista interminable de fracasos. Si la fortuna recompensa el trabajo entonces así será. Por el momento disfrutaré del camino, ya al final del arcoíris veremos si hay oro o carbón. Al escribir estas palabras puedo decirles –por fin– que siento que soy.
*Consejo Editorial de La Cofradía Editores
